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La modificación del clima con fines bélicos (Operación secreta desclasificada).

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La Operación Popeye, desarrollada por los EE.UU, entre los años 1967 y 1972, se puede considerar como el primer uso sistemático y hostil, conocido en la historia, de las técnicas de modificación ambiental, en el marco de la guerra del Sudeste Asiático. Esta operación fue desclasificada, bajo la presión del Congreso estadounidense, en el año 1974.

Esta operación fue desarrollada por el Ejército Estadounidense durante la Guerra de Vietnam. Se inició el 20 de Marzo de 1967, hasta el 5 de Julio de 1972. Su objetivo era prolongar la duración de la estación de monzón sobre Laos, concretamente por el territorio por el cual discurría la ruta Ho Chi Minh.

El Ho Chi Minh era un trayecto logístico controlado por la República Democrática de Vietnam (Vietnam del Norte) y que discurriendo por territorio de Laos y Camboya, llegaba a la República de Vietnam (Vietnam del Sur). Gracias al Ho Chi Minh se proporcionaba mano de obra y material de guerra al Frente Nacional para la Liberación de Vietnam del Sur (NLF), al Vietcong y a la Milicia Nacional de Vietnam (PAVN).

Para dificultar el tráfico de suministros que aportaba esa ruta, la 54ª Escuadrilla de Reconocimiento Meteorológico, sembró el cielo con Ioduro de Plata para que el periodo de lluvias aumentara un promedio de 30 a 45 días. Se pretendía que la lluvia provocara desprendimientos sobre las calzadas, que los ríos se desbordaran y que el terreno quedara impracticable para el tránsito de camiones.

Este controvertido proyecto fue aprobado por el Departamento de Estado y por el Departamento de Defensa Estadounidense. Los aspectos técnicos fueron verificados por el Dr. Donald F. Hornig, Consejero del Presidente en asuntos de Ciencia y Tecnología. El Gobierno de Laos no fue informado del proyecto, métodos a usar, ni de sus objetivos, y aunque el Secretario de Defensa Robert S. McNamara, era consciente de que la comunidad científica internacional podría poner objeciones, apuntó al Presidente que ante todo privaban las actividades militares consideradas, como en este caso, parte importante de la Seguridad Nacional.

En Octubre de 1966, del Proyecto Popeye fue testeado en una franja de Laos, concretamente al este de la meseta de Bolovens, cerca del valle del río Se Kong. De las 50 nubes que se formaron, un 82% produjó lluvia de forma rápida. Fue todo un éxito, pasando del status de experimento, a formar parte como programa operacional del Dpto. de Defensa.

Comenzando el 20 de marzo de 1967 y durante la estación lluviosa (Marzo hasta Noviembre) hasta el año 1972, tres aviones C-130 y dos F4-C partieron desde la Base de Fuerza Aérea Tailandesa situada en Udorn, dos veces por día.

Los vuelos eran oficialmente misiones de reconocimiento, las tripulaciones eran rotatorias y formaban parte de la 54ª Escuadrilla de Reconocimiento Meteorológico estacionada en la isla de Guam, siendo su cometido teórico la realización de un parte meteorológico.

Si bien el área inicial de operaciones era sólo una zona de Laos, el 11 de Julio de 1967 se amplió al Norte del Paralelo 20, incluyendo parte de Vietnam del Norte. En Septiembre de ese mismo año se incluyó también el valle de A Shau en Vietnam del Sur. En dos ocasiones, y durante 1968 diversas zonas de Vietnam del Norte fueron incluidas como objetivo, pasando a ser en pocos meses zonas no operativas al coincidir con restricciones a los bombardeos convencionales. En 1972, la mayoría del Noreste de Camboya fue añadido también como área operacional.

El periodista Jack Anderson mencionó la Operación Popeye en Marzo de 1971, basándose en un documento secreto de 1967 dirigido al presidente Jonhson por los Jefes del Estado Mayor del Ejército. Miembros del Congreso presionaron al Pentágono para que revelase los detalles del programa para modificar la meteorología, siendo el Senador Claiborne Pell, Presidente de la Subcomisión del Senado sobre los Océanos y Medio Ambiente, y más tarde presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores, el motor de ese esfuerzo.

Este tipo de operaciones supusieron una fuente de preocupación porque se consideraba que podía suponer la apertura a un nuevo y peligroso tipo de guerra. Los fuertes tifones y lluvias que asolaron Vietnam del Norte en 1971 añadieron mucha tensión al asunto.

El 23 de de Septiembre de 1971, Pell envió una carta al Departamento de Defensa solicitando información sobre la Operación Popeye. Tras una espera de 4 meses, el Departamento de Defensa se negó a responder sobre la base de que pondría en peligro la Seguridad Nacional.

Pell no se rindió y en Junio de 1972 presentó ante el Senado la Resolución 281 ” el Gobierno de los EE.UU. debería buscar el acuerdo de otros gobiernos a la propuesta de un tratado que prohíba el uso del medio ambiente o la modificación de la actividad geofísica como arma de guerra, o la realización de cualquier investigación o experimentación con respecto a ella”. Esta resolución, con pequeñas modificaciones, se aprobó un año más tarde como la Resolución 71, del 11 de Julio de 1973, (se presentaron también resoluciones similares en la Cámara de Representantes).

A comienzos de 1974 se empezó a conocer la verdad. El 28 de Enero en una carta a los senadores, Martin Laird (que había pasado de Secretario de Defensa a Asesor Especial del Presidente Nixon) admitió el programa de modificación del clima en Vietnam. Dijo que su testimonio de 1972 era falso, alegando que no sabía que se estaba desarrollando (recordemos que entonces era el Secretario de Defensa).

El 24 de Marzo de 1974, la operación fue puesta en conocimiento del Senado. Pell junto con otros cargos públicos presionaron para que se hiciera público, cosa que ocurrió el 19 de Mayo de 1974.

En una sesión informativa, los funcionarios militares trataron de minimizar el impacto de la Operación Popeye, argumentando que el aumento de las precipitaciones había sido marginal, afectando “sólo” alrededor del 5% respecto a las precipitaciones de dicha región. Obviamente, los críticos preguntaron por las causas que llevaron a un programa ineficaz a permanecer activo durante más de 5 años.

En total se realizaron 2602 misiones, “sembrando” 47.409 nubes, y con un costo de 21.6 millones de dólares.

Desde 1944-45 se llevan a cabo pruebas para provocar tsunamis artificialmente.

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Según documentos desclasificados, revelados  por el ministro de Asuntos Exteriores de Nueva Zelanda, entre los años 1944-45, el profesor Thomas Leech, de la Universidad de Auckland, de la que fue decano de Ingeniería durante 50 años (hasta su muerte en 1973), provocó una serie de explosiones bajo el agua para impulsar pequeños maremotos en Whangaparaoa, al norte de Auckland. Se trató del Proyecto Seal.

Según los informes secretos de la época, los ingleses y los norteamericanos no congelaron el proyecto después de la guerra, sino que lo impulsaron. Decidieron enviar al doctor Leech para que asistiera a las pruebas atómicas en el atolón Bikini y comprobar si las explosiones podían ser el acelerador de sus tsunamis. En su lugar, asistió el doctor Kart Compton, un experto nuclear norteamericano. Se quedó tan impresionado que propuso a la Junta de Jefes del Estado Mayor de EEUU continuar con el proyecto y contar con la colaboración del Gobierno de Nueva Zelanda. Algunos colegas científicos de Leech, como Neil Kirton, confirmaron los experimentos del creador de tsunamis. Se hicieron pruebas a pequeña escala que confirmaron que podría llegar a ser devastador. Desde entonces los experimentos continuaron en el más absoluto secreto, con la complicidad de los Gobiernos de la zona.

Las pruebas nucleares subterráneas llevadas a cabo por Francia en los atolones de Mururoa, en los 70, originaron corrimientos de tierra, como el que ocurrió en 1979 y que provocó un gran tsunami. El desprendimiento de tierras en este atolón removió un millón de metros cúbicos de coral y rocas, que crearon una cavidad de unos 140 metros de diámetro, y produjo una gran ola comparable a un tsunami, que se extendió por el archipiélago Tuamotu y causó numerosas víctimas en la parte meridional del atolón. Las autoridades francesas declararon inicialmente que se debió a causas naturales. Al final reconocieron el llamado “accidente del 25 de julio de 1979″.

El tsunami de 2004 en Indonesia.

Los tsunamis son raros en el océano índico, aunque se han registrado siete terremotos cerca de Indonesia, Pakistán y la bahía de Bengala. La gran ola del 26 de diciembre de 2004 es el primer tsunami multioceánico desde que estalló el Krakatoa en el siglo XIX. Por otra parte, a los pocos días, Durante su conferencia de prensa en la reunión de Yakarta, el coordinador de las Naciones Unidas para Ayuda en Emergencia, Jan Egeland, soltó el rumor de que el terremoto había sido provocado por un experimento nuclear. El semanario egipcio Al-Ousboue no excluye la posibilidad de que el tsunami pudiera haber sido causado por un terremoto natural, pero “mientras esto no ha sido demostrado todavía, sí se realizó un experimento secreto nuclear”, conjuntamente por Israel e India, el 26 de diciembre, que causó el terremoto. Meses antes del tsunami, Arabia y los países islámicos pidieron a EEUU que parase sus experimentos en la región, y también hicieron la misma petición a India y a Israel.

Benjamín Cremer, de la revista Share Internacional, que informa habitualmente de los terremotos en cualquier lugar, afirmó: “Es imposible realizar una prueba nuclear subterránea sin provocar un terremoto, no necesariamente en las inmediaciones, sino en cualquier parte del mundo. Las pruebas nucleares son responsables de la cuarta parte de todos los terremotos que se registran”.

Según Eliseo Bayo de la Revista Autogestión "Las pruebas nucleares submarinas están destacadas como causa desencadenante de los tsunamis. Y al revés: provocar Tsunamis para convertirlos en discretas armas de destrucción masiva, ha sido objeto de investigaciones militares desde la II Guerra Mundial."

16/09/2009 10:45 Autor: antimperialista. Enlace permanente. Tema: GUERRA CLIMÁTICA No hay comentarios. Comentar.

El club de Roma y el cambio climático como arma de dominación global.

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En el año 1968 se reunieron en Roma, científicos, políticos e investigadores de diferentes países, con la excusa de buscar soluciones a los cambios climáticos que se estaban produciendo en el planeta. Según ellos, dichos cambios se deberían, exclusivamente, a la "acción humana". Este grupo fue el primero en plantearse una situación de cambio climático en el planeta tierra como consecuencia de la acción humana, por lo que se les debería considerar, sin ninguna duda, los padres fundadores de la actúal doctrina del cambio climático.

Es importante señalar que estos supuestos expertos medioambientales estaban, de una u otra forma, vinculados con las grandes potencias capitalistas.

Dos años después de la citada reunión, se constituye el llamado "Club de Roma" -formado por tecnócratas, dirigentes de empresas, e investigadores-, se legaliza bajo legislación suiza y cuenta con el apoyo financiero del mundo empresarial, a través de diversas fundaciones, entre ellas la fundación Rockefeller.

El "Club de Roma" ha elaborado múltiples informes sobre las medidas a tomar para frenar lo que ellos llaman "crisis ambiental", entre las instituciones que han participado en su elaboración, es curioso ver al Departamento de Estado de los EE.UU. y la CIA. El mensaje final de todos estos informes es "que el Planeta está en peligro, no por culpa de los países «ricos», sino porque los países «pobres» de la Periferia tienen un gran crecimiento de población y talan demasiados árboles. En definitiva, se sitúa la causa principal de los problemas en la explosión demográfica y la pobreza del «Sur», y no en la concentración de riqueza y formas de vida del «Norte»" (Ramón Fernández Durán).

Después de la cumbre de Río, las «ideas verdes» mayoritarias son una excusa más, en la que se apoya el Establishment, para dictar órdenes al Tercer Mundo; utiliza el problema medioambiental para reforzar su derecho a decir lo que hay que hacer, todo en interés (supuestamente) del medio ambiente mundial, para seguir tiranizándoles con el cuento de que «la protección medioambiental requiere una mayor flexibilidad con respecto a la soberanía nacional». Es decir, en este sentido, el ecologismo occidental mayoritario es intrínsecamente conservador puesto que sirve a EE.UU. y a Occidente, en general, para hacer de contrapunto ante las naciones tercermundistas, que obstruyen sus deseos. Hay quien incluso habla de «imperialismo medioambiental» (Alicia Stürtze).

Ejemplos de lo anteriormente dicho son los acuerdos trans-nacionales como el Tratado de Biodiversidad, con los que se está cediendo el control de grandes zonas de tierra al control de las Naciones Unidas (en África los parques son administrados por organismos exteriores sobre los que las personas y los Estados no tienen control) o la determinación de impedir el desarrollo industrial de los países pobres, todo ello con la excusa de frenar el cambio climático.

Se empieza a pedir a los ecólogos que determinen, tecnocrática y exactamente, la manera de vivir de los humanos: por ejemplo, se les pide que digan qué dosis de radiación no son peligrosas, o qué dosis de pesticidas; se les pide que determinen niveles máximos tolerables de emisiones de dióxido de carbono; incluso se les pide que indiquen densidades óptimas de población (al menos en los países pobres) para evitar que los pobres degraden el medio ambiente. Los organismos internacionales y los bancos multilaterales de ayuda al desarrollo económico hacen servir el concepto de capacidad de sustentación (sólo para países pobres) como base de nuevas políticas de «desarrollo sostenible». 

Otra de las soluciones aportadas por estos "ecotecnócratas", es el encarecimiento del precio de los combustibles, como bien advierte Samir Amin: "El Club de Roma, hacía sonar la alarma, anunciaba la penuria generalizada y el agotamiento de los recursos naturales, preparando así el aumento de los precios de la energía y de las materias primas".

En realidad toda esta supuesta preocupación por el medio ambiente por parte de criminales de guerra, como Al Gore, o instituciones responsables de que más de un tercio de la población mundial viva en la más absoluta pobreza, como el BM o el FMI, no es otra cosa que una estrategia perfectamente diseñada, para someter a la humanidad a los intereses de las multinacionales y sus propietarios, y en ocasiones se asemeja mas a la propaganda que a análisis científicos serios. 

Al igual que otras falacias como el "terrorismo internacional" o la más reciente "gripe porcina", la paranoia del cambio climático (think tank, ideado y creada por personajes con estrechos vínculos con los grandes círculos de poder económico y propagado a través de multimillonarias películas y reportajes holywodienses), se está revelando como un poderoso arma de control social, a nivel mundial.

Ni niego, ni afirmo que exista un cambio climático (más teniendo en cuenta que de cuestionar el mismo seré estigmatizado de por vida con el calificativo de negacionista), o que su origen sea las emisiones de CO2 a la atmósfera, lo que me resulta indignante y sospechoso es el uso interesado que se está haciendo del mismo, por parte de las potencias capitalistas. El último ejemplo lo constituye la acusación, el pasado 22 de abril, por parte del periódico de la oposición ultraderechista de venezolana, de que el gobierno bolivariano de Venezuela es responsable de ser el cuarto país con más emisiones de CO2, algo totalmente falso por otra parte.

Una cosa está clara y es que el poder siempre ha utilizado el miedo como una herramienta de control social. En relación con esto último veamos lo que dijo Rodrigo Rato, ex Director General del Fondo Monetario Internacional, en una de las últimas reuniones del Club de Roma, meses antes de dejar su cargo: "El ex presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, dijo que el cambio climático es el factor más importante que puede poner en peligro la civilización, y es que el cambio climático no es que sea perjudicial, sino que es catastrófico."

06/05/2009 17:17 Autor: antimperialista. Enlace permanente. Tema: GUERRA CLIMÁTICA No hay comentarios. Comentar.

¿Cambio climático o guerra climática?

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Resulta sospechoso el bombardeo mediático que sufrimos, cada día, desde los medios de comunicación capitalistas, entorno al tema del cambio climático. Incluso personas que podrían haber sido culpables del mismo (Al Gore, propietario de empresas que, durante años, han vertido productos tóxicos para el medio ambiente) ahora pretenden hacernos creer que luchan contra él. ¿No se tratará, todo esto, de propaganda, para normalizar cambios climáticos, provocados de forma artificial, que tuvieran como objetivo la consecución de intereses imperialistas? Como ejemplo podríamos hablar de los huracanes que, hace poco, asolaron Cuba (la gran piedra en el zapato de EEUU, en Latinoamérica), de los terremotos en China, justo antes de los juegos olímpicos, o del devastador tsunami que arrasó Indonesia en el 2004 y que permitió a EEUU, con la excusa de la ayuda humanitaria, desplegar un elevado número de tropas, en toda la región, así como implantar nuevas bases militares. A continuación reproducimos un interesantísimo articulo de Aurelio Gil Beroes que trata este tema.

Los indeseables efectos que está generando a escala planetaria el cambio climático, producto de la irracional explotación capitalista de los recursos naturales, también podrían provocarse con fines bélicos, a través de una nueva generación de armas electromagnéticas avanzadas.

La inquietante posibilidad ha tomado cuerpo en el sistema de defensa de Estados Unidos (EEUU), a través del programa de investigación Aurora Activa de Alta Frecuencia (HAARP), un apéndice del proyecto de defensa estratégica “La guerra de las estrellas”.

Así lo advierte el economista e investigador canadiense Michel Chossudovsky en su artículo titulado Guerra climática: Atención a los experimentos militares de EEUU, publicado en el sitio web The Ecologist y reproducido por Rebelión.

“El HAARP es un arma de destrucción masiva, capaz de desestabilizar los sistemas agrícolas y ecológicos en todo el globo”, dice el autor.  Señala que Estados Unidos ha desarrollado experimentos en esta materia desde 1940 y que durante la guerra de Vietnam se hicieron prácticas de bombardeo de nubes, con el fin de prolongar la estación del monzón (temporada de lluvias) y bloquear las rutas de suministro de sus enemigos a lo largo del corredor Ho Chi Minh. Chossudovsky plantea que las fuerzas armadas de EEUU “han desarrollado capacidades que les permiten alterar selectivamente los modelos climáticos”. Y agrega: “La tecnología, que está siendo perfeccionada bajo el Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia (HAARP), es un apéndice de la Iniciativa de Defensa Estratégica – ‘la Guerra de las Estrellas’. Desde el punto de vista militar, HAARP es un arma de destrucción masiva que opera desde la atmósfera exterior y es capaz de desestabilizar sistemas agrícolas y ecológicos en todo el mundo”. Dice además que este programa está basado, desde 1992, en la zona de Gokona, Alaska, y que “…utiliza una serie de antenas de alta potencia que transmiten, a través de ondas de radio de alta frecuencia, cantidades masivas de energía a la ionosfera (la capa superior de la atmósfera)’.  El investigador canadiense apunta que su construcción fue financiada por la Fuerza Aérea y la Armada de Estados Unidos, así como por la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada (Darpa, por sus siglas en inglés), y que es operado conjuntamente por el laboratorio de investigación de la Fuerza Aérea y la Oficina Naval de Investigación.

En su trabajo, Chossudovsky cita el sitio web oficial de HAARP (www.haarp,alaska.edu), en el cual se dice que el sistema será utilizado “para inducir un cambio pequeño, localizado en la temperatura ionosférica para que puedan estudiarse reacciones físicas mediante otros instrumentos ubicados en o cerca de la instalación de HAARP”.

Esto constituye una doble confesión: 1ª, que sí es posible manipular el panorama climático, interviniendo el espacio de la ionosfera, y, 2ª, que ellos son capaces de hacerlo.

Chossudovsky analiza una declaración procedente de la Fuerza Aérea de EEUU y se sorprende: “Apunta a lo impensable: la manipulación encubierta de modelos climáticos, comunicaciones y sistemas de energía eléctrica como un arma de la guerra global, capacitando a EEUU para desestabilizar y dominar regiones enteras”. Y continúa: “La manipulación climática es el arma preventiva por excelencia. Puede ser dirigida contra países enemigos o ‘naciones amigas’ sin su conocimiento, utilizada para desestabilizar economías, ecosistemas y agricultura. También puede provocar el caos en los mercados financieros y de materias primas. La alteración en la agricultura causa una mayor dependencia de la ayuda alimentaria y de productos de granos importados de EEUU y de otros países occidentales”. Entre tanto, en Venezuela llueve, inoportuna y copiosamente, en plena fecha electoral…

14/12/2008 22:57 Autor: antimperialista. Enlace permanente. Tema: GUERRA CLIMÁTICA No hay comentarios. Comentar.
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