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El origen de la tragedia ha sido olvidar que la vida es tan sólo un juego.

“El hombre ha seguido al racionalismo hasta el punto en que éste se ha transformado en irracionalidad absoluta.” (Erich Fromn, Psicoanálisis y budismo zen)

Sin duda alguna, el mayor pecado, el mayor error cometido a lo largo de la historia (y especialmente en los últimos tiempos) por la humanidad, es el de tomarse la vida demasiado en serio, el de cargarnos con inútiles responsabilidades sobre todo lo que acontece a nuestro alrededor; unas responsabilidades que no nos corresponden y que no son otra cosa más que un rastro de nuestra herencia prometeica, una manifestación de una de las peores perversiones de la especie humana: la soberbia.

Haciendo gala de una gran sabiduría, hace tiempo, alguien ideo una fórmula muy oportuna y muy sencilla para no caer en esta desviación de nuestra naturaleza, y evitar con ello sufrir un castigo parecido al que sufrió Prometeo: “Yo os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mateo 18, 3).

El origen de nuestra tragedia ha sido olvidar que la vida es tan sólo un juego, cuyo único fin es jugarlo como hacen los niños, y nada más; jugar por el mero placer de jugar, por pasar el tiempo; disfrutando construyendo castillos de arena, pero disfrutando también destruyéndolos a patadas; jugar sin preocuparnos por el resultado, que, sea cual fuere (victoria o derrota), nos produzca el mismo deleite. Disfrutar ganando, pero también disfrutar perdiendo, éste sería el secreto.

Por ello, como hacen los niños en sus juegos, nunca trates de alcanzar la perfección en nada, no te preocupes por no ser coherente en muchas ocasiones, no te cargues con ningún tipo de responsabilidad, rechaza el menor sentimiento de culpa tan pronto como aparezca, y tan sólo juega. No olvides que, al fin y al cabo, “todo es vanidad y caza de viento” (Eclesiastés). Y a aquéllos que pretendan hacértelo ver de otra manera, diciéndote que, por tu propio bien, por salvar tu vida, lo que te conviene es buscar un trabajo, tener casa propia, asegurar tu coche a todo riesgo, o luchar por mejorar la sociedad-granja en la que se nos cultiva, diles, como dijo también el sabio antes mencionado: “apártate de mí, Satanás” (Mateo 16, 23), no quiero vivir en el infierno de las preocupaciones materiales, en el drama del apego por lo perecedero; quiero volver a ser un niño y recuperar la capacidad para vivir la vida como si fuera un juego.

11/10/2012 20:42. antimperialista #.

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